
Hablar de Juan María de la Mennais es hablar de un hombre de mirada dilatada.
A lo ancho y a lo profundo. Capaz de ver más cosas, pero, sobre todo, de verlas mejor. De perforar la realidad para descubrir en ella su sentido más hondo.
Donde los demás vemos jóvenes anónimos, acontecimientos opacos, carencias…, él descubría rostros vivos y corazones palpitantes en busca de una respuesta solidaria.
Así anduvo por la vida: mirándola con los ojos permanentemente bien abiertos en cada esquina a la sorpresa de Dios, que llama y requiere, invita y gozosamente compromete.
Y esa mirada estaba cargada de amor entrañable, de compasión enternecida.
Le dolían los niños y los jóvenes abandonados a su suerte, a quienes amaba apasionadamente. Se apasionaba por ellos, porque los percibía más frágiles y vulnerables, más inermes y desvalidos, las manos vacías, repletas solamente de futuro.
Y en esta marcha de amor hacia los jóvenes, encontró el camino, pero no logró encontrar el dique o la frontera. Soñó la educación como el camino apto, mejor, más duradero para dotar a los jóvenes de un porvenir más cierto. Pero no quiso, ni supo, ni pudo poner filtros a aquella mirada penetrante que Dios le regaló para ver necesidades.
Donde nadie llegaba a educar cristianamente quiso que estuvieran sus hijos: en los pueblos más pequeños, en los países misioneros, en los campos de esclavos de los tiempos coloniales… Hasta el extremo.
Que nada hay demasiado duro, ni difícil, ni arriesgado para quien camina con DIOS SOLO.