Provincia de la
Inmaculada
Concepción

Hermanos Menesianos
Argentina y Uruguay

“Que el amor fraterno reine entre todos los miembros de la misma comunidad.”
(Regla de 1835)

Actividades especiales:

Palabras del Hermano Yannick Houssay sg.

A los Hermanos y a las Comunidades de la Provincia

El Hermano Yannick en su visita a Maldonado

Esta primera visita de la Provincia me ofrece la ocasión, a pesar de mi dificultad para entender y más aún para hablar el español, de escuchar ustedes, de conocer ustedes, de compartir con ustedes mi visión de la Congregación y de su misión hoy.
Me propongo, pues, compartir, durante algunos minutos, algunos aspectos que me parecen importantes hoy para nosotros, Hermanos.
A continuación, poden compartir su propia visión de las cosas.

Voy a referirme a tres puntos: La Comunión, la misión educativa y la pastoral vocacional.
Hay otros. Quizá surjan a la hora del intercambio y podremos ver después.

Vivir el Carisma en una Iglesia comunión.

Hermanos, nosotros hemos recibido a Cristo. Es El quien realiza nuestra comunión.
Hemos recibido una misma llamada fundamental que se expresa en el carisma recibido de nuestro fundador.
Un carisma que es un don del Espíritu para los otros, que es una llamada y un envío.
Hemos recibido la misma llamada de seguir a Jesús al estilo de Juan María.
Viviendo nuestra vocación de Hermano menesiano, hacemos que ese carisma produzca fruto. Ciertamente, otros bautizados perciben, en el único Espíritu, que también ellos pueden hacer fructificar este carisma. Vienen con nosotros y lo enriquecen. Esto no es nuevo, pero lo descubrimos de una manera totalmente nueva hoy. Es una gracia del Espíritu hoy y es una fuente de fecundidad renovada.
Pero, el carisma no es para mí. Yo estoy a su servicio. Sencillamente, la llamada recibida me hace darme cuenta de que al entregarme yo puedo ser fiel a Jesús que quiere pasar por mí para tocar los corazones de los jóvenes.
Los Laicos, a su modo, lo sienten también.
El Carisma no es algo que uno posee. Es el soplo del Espíritu actuando para que el Reino de Dios; Jesús, llegue al corazón de este mundo.

Cada uno, a su manera se deja tocar y transformar por el Espíritu. Eso es la Iglesia comunión. Es un cuerpo en el que cada parte yiene su papel propio que representar. Pero el ojo no tiene el mismo papel que la mano. Si el ojo quiere convertirse en mano, el cuerpo se desestructura. No puede ofrecer los servicios que tendría que dar.
Por esto, para vivir en la unidad de esta Iglesia, para expresar un carisma, es necesario aceptar las diferencias de unos y otros. Pues, para unir hay que vivir bien nuestra propia vocación.
Con esto quiero decir que debemos ser Hermanos, plenamente Hermanos, según nuestra Regla de Vida, para trabajar en unidad con los laicos, al servicio del Carisma menesiano. Es lo que ellos esperan de nosotros.
No esperemos que los Laicos cambien nuestra vida. Convirtámonos, seamos fieles, para vivir plenamente en comunión con los laicos menesianos.

La comunión en el seno de la Congregación.

El Capítulo ha insistido mucho en la noción de internacionalidad. Lo habrán observado. Esta comunión, lo sabemos, tenemos que vivirla a nivel de la Congregación, a nivel internacional. Es una gracia para nosotros poder sobrepasar el marco de los diferentes países. Cada uno aporta la riqueza de su propia cultura. Pero nuestra verdadera cultura es aquella a la que hemos hecho voto de consagrarnos, es la de Jesús, el Hombre – Dios, el Hijo de Dios, y su Evangelio. Y esta nueva cultura nos hace estar por encima de las fronteras.
Una Congregación internacional está llamada igualmente a ser signo de la Iglesia-comunión.

Por eso, a nivel de la Congregación, nos esforzaremos en tomar iniciativas de formacción a nivel internacional. Por eso, nos hemos comprometido, también, a fundar misiones entre varias naciones como es el caso de Indonesia. Como puede ser el caso en otros lugares. Esto no es fácil. A menudo es un duro aprendizaje de descubrir al otro, de comprensión de su cultura, de su forma de pensar, etc...Pero es un signo elocuente de la llegada del Reino, en el que no hay fronteras, en el que todos no hacemos más que uno en Cristo.

La comunión fraterna en la comunidad local.

La comunión, es también y ante todo la comunidad local. Es muy facil amar al hermano que está lejos y con el que no nos encontramos nunca, o sólo de tiempo en tiempo. En este caso todo va bien, pero en lo cotidianos, uno descubre rápidamente las manías, los defectos, los limetes de sus Hermanos. Y entonces, si no hay caridad, la vida se hace insoportable. Si cada uno hace lo que le conviene, sin prestar atención a su hermano, eso ya no es una comunidad, sino que se convierte en un hotel restaurante. Podemos, todavía, encontrarnos juntos para rezar, para comer, pero evitando todo lo que molesta. Si hay una reunión comunitaria, se evita hablar de uno mismo, uno no se compromete. Cada uno permanece en lo suyo. Es el pecado del individualismo que mata a tantas comunidades.
La comunión fraterna pasa por un olvidarse de sí mismo. No amo a mi hermano si no busco, de hecho, más que lo que me conviene. Incluso en el plano de las ideas.
Lo que quiere decir que nada es posible, en efecto, sin un espíritu de obediencia, sin humildad.
Obedecer es, bien entendido, entrar en lo que es legítimamente pedido por mi superior, al nivel que sea. Pero obedecer es, también, escuchar al hermano, a los laicos, a los jóvenes. Es tener en cuenta al otro, no para estar en paz, sino porque es el amor fraterno auténtico, evangélico, quien es el signo de la verdad, no a la inversa, una verdad a la cual yo quisiera que mis hermanos adhieran cueste lo que cueste.
«Si no tengo caridad, no soy nada», dice San Pablo. Mis palabras no son nada, mis convicciones no son nada…si no tengo caridad.

Creo que éste es el combate de toda una vida. Me maravilla encontrar hermanos que jamás critican a sus hermanos, incluso de cosas anodinas, sobre todo si están ausentes.

Creo, también, que es la luz de una vida. He visto a Hermanos radiantes debido a la sencillez y a la verdad de su caridad. He encontrado lugares, en nuestras misiones, donde el recuerdo de un Hermano muerto hace tiempo, permanecía todavía vivo, no porque había sido un sabio, ni incluso un pedagogo eminente, sino un hermano cuyo nombre de hermano expresaba fuertemente la caridad alegre, abierta, previsora, activa.
La santidad a la cual nuestro fundador nos ha llamado es una santidad de esas, vida en sencillez, en pobreza y en caridad alegre y disponible.

Por conseguir esto es por lo que se esforzaba nuestro fundador. Leemos en el Memorial:
«Pidamos a Dios todos los días, y por así decir a cada instante, que esté con nosotros, para iluminarnos, inspirarnos, para frenar las palabras indiscretas que podrían escapársenos y también para poner en nuestra boca, cuando su gloria lo exiga, palabras vivas que penetren hasta el fondo del alma, que resuenen en el corazón »
He leído también : « La indulgencia es una gran virtud. Pocos sabios la practican” y más aún: “Que cada uno sea indulgente con los demás y no se irrite ni se indigne sino contra sí mismo”

Una tal comunidad, donde se ama así, es una comunidad misionera. Podemos decir, pues, que la comunidad es para la misión si ella es en primer lugar una verdadera comunidad, reunida por el Cristo amado, celebrado, rezado, construída sobre la Caridad de Cristo vivida en el corazón de las relaciones cotidianas, en la acogida del extranjero, en el perdón que no espera el primer paso del otro sino que desea la reconciliación como el Padre de la parábola.

Una tal comunidad es, entonces, un lugar de curación donde cada uno se esfuerza en derramar el aceite que cura las heridas y el perfume que calienta los corazones. Una tal comunidad es apostólica puesto que aquellos y aquellas que son acogidos en ella encuentran la presencia de la Trinidad.
Todos conocemos estas palabras de nuestro fundador : « Mientras permanezcamos unidos, seremos fuertes, felices, sí, esta unión será el encanto, la gracia y la fuerza de nuestra sociedad...” Pongámoslo en obra sin condiciones.

Insisto mucho en esto, porque creo que es la condición, hoy como en tiempo del fundador, para una verdadera irradiación apostólica y espiritual de nuestras comunidades. El resto no servirá de nada si no hay en primer lugar caridad. No tendremos vocaciones si no tenemos caridad.

Medios para construir la comunidad.

A continuación, bien entendido, pondremos toda nuestra energía en vivir lo que nos pide nuestra Regla de Vida y el Capítulo. Lo pondremos en obra con un espíritu de obediencia, es decir, escuchando al Espíritu que nos invita a amar en verdad.

Pienso en el Proyecto comunitario que debe permitirnos realizar nuestra unidad e integrar todas las dimensiones de nuestra vocación, la oración personal y la oración comunitaria, la relectura de la vida, la lectura espiritual personalmente y en común, el compromiso apostólico según nuestro carisma, las relaciones con los jóvenes, los laicos, la inserción en la Iglesia local, etc…

Pienso en nuestra capacidad de discernir juntos la voluntad de Dios. Esta es una tarea nada facil. Esto supone un gran sentido de la gratuidad, del desinterés, de apertura de espíritu y corazón. Quien reza en verdad tiene toda la suerte de estar abierto en verdad al discernimiento comunitario. Quien sabe escuchar a Dios en lo secreto, sabrá escucharle más fácilmente en el compartir comunitario. Cuando uno se lamenta de la falta de unidad de vida, es debido, muy a menudo, a que no sabemos rezar, ni amar en verdad. El verdadero orante es también el hombre fraterno y apostólico, en lo concreto de su vida. Esto no me pide torturar mi espíritu, sino al contrario, hacer bien lo que hago en el momento, sin preocupación, sin temor, con fe y sencillez, con una atención tranquila.

Formarse.

Es cierto, hemos aprendido todo esto en el noviciado, después, durante nuestros primeros años de hermanos. Pero ¿no lo hemos olvidado? El ardor de nuestra unión a Jesús ¿no se ha hecho tibio ? Es la formación permanente quien debe ayudarnos a mantener viva la llama ardiente de nuestro compromiso de seguir a Jesús.
La formación permanente no es algo obligado…una marcha forzada… es un cara a cara con Dios, que se afina, se consolida, se purifica, se abre cada vez más al otro. No es, pues, un ejercicio suplementario que piden los superiores y los capítulos. Es la expresión de la decisión personal de un Hermano que ha escogido seguir a Jesús durante toda su vida, para acercarse a El cada vez más y para seguirle mejor en el corazón de su misión cerca de los jóvenes.

Lo que se propone, en este sentido, debe ayudarnos. Estamos invitados, pues, a dejarnos conducir, y a tomar en mano nuestra propia formación, y a hacer de ello un compromiso libre y voluntario. Y esto durante toda la vida… y cada vez más libre y voluntariamente, porque cada vez tomo mayor conciencia de haber sido elegido. No soy yo quien ha escogido. Es Jesús quien me ha escogido. ¡Qué dicha! ¡Qué libertad, también!

He aquí algunas reflexiones. No he querido proponeros un plan más. Quería sobre todo hablar sencillamente de nuestra vida de Hermanos.

Bien entendido, quería también animaros a dar un impulso nuevo en este doble sentido.

Una educación que evangelice.

Seré más breve en estos dos últimos puntos. Lo que quiero decir aquí tampoco es nada nuevo. Pero es una insistencia nueva a la que quiero invitaros.
Para evangelizar necesitamos, en primer lugar, estar cerca de los jóvenes. Los Hermanos tienen, a menudo, puestos de responsabilidad en nuestras escuelas. Está bien. Pero ¿no se puede desarrollar más la corresponsabilidad con los laicos? ¿No pueden tomar su parte, ser responsables con nosotros de estos centros educativos?
En la medida en que comparten el carisma con nosotros, son también responsables de los centros como nosotros. La experiencia demuestra cuántos laicos convencidos y formados son un regalo para una escuela menesiana.
Es la gracia de nuestra época. Tanto como los Laicos, de un modo más radical, incluso, por su vocación, Los Hermanos deben hacerse presentes entre los jóvenes, su “hermano mayor” con un lazo educativo de confianza con ellos.
La misión compartida debe ser, para nosotros, la gracia de ser verdaderamente Hermanos para los jóvenes. Es mi convicción profunda.

Creo, también, que si todos acogemos a los jóvenes, debemos también, desde el respeto a cada uno, y desde una educación a la verdadera libertad, anunciarles a Jesucristo, con palabras y propuestas adaptadas a su edad, su cultura, pero sin deformar la verdad de Jesús. Y esto en Iglesia, con la propuesta de la gracia de los sacramentos, como una suerte de dejarse tocar por Jesús. Ofrecerles la posibilidad de dar testimonio de Jesús, de servir con El a los otros, de amar en verdad.
Es una tarea que supone mucha paciencia y mucho amor. Lo saben muy bien. Los animo a ello de todo corazón. Rezan para que el Espíritu los dé la gracia de ser verdaderos discípulos de Jesús. Pídanle que sepan atraer a El otros discípulos. Los jóvenes deben habitar nuestra oración, entre ustedes, y con los laicos.

Con ellos ustedes esforzaran en hacer de sus centros lugares en los que la enseñanza, la educación, todas las iniciativas, sean lugares de evangelización de la inteligencia y del corazón. Para que puedan así, según su propio compromiso, si lo desean, fundamentar su vida en Jesús.
Todos estamos invitados a hacer esto. Es Dios quien debe medir los frutos. Nosotros es en la fe que los medimos. El Señor no abandona nunca a aquellos que se entregan a El y por El.

Una pastoral vocacional que interpele.

En el marco de la misión compartida, con los laicos, los invito, también, a construir una pastoral vocacional que interpele.
Pero también los invito a rezar insistentemente por las vocaciones.
Cuando hablamos de vocaciones, nos es necesario pensar, en primer lugar, que es un don de Dios.
Este don no es recibido más que por un corazón cristiano. ¿Nuestro corazón es cristiano? ¿Y formamos, entre los jóvenes, corazones cristianos?
Por esto es por lo que una pastoral vocacional no puede vivirse más que desde una educación global que da sentido a la vida y que da un sentido cristiano.
¿Quien puede escuchar una llamada a ser Hermano si no es tocado, en primer lugar, por la presencia de Dios en el corazón de su vida?
He aquí algunos puntos que me parecen importantes en esta cuestión:

Conclusión.

Estas palabras compartidas con ustedes es un modo de expresarlos toda mi confianza. Lo que viven aquí, en esta Provincia, es obra del Espíritu. Es necesario dejarnos conducir por El. Lo cual supone una voluntad tranquila pero clara, una confianza total en Dios solo, una alegría interior que es el fruto del don de sí mismo sin reservas y sin marcha atrás, una apertura a los otros que es la garantía de una vocación vivida con intención recta.
Por mi parte deseo permanecer en diálogo con ustedes para que busquemos siempre servir mejor a Cristo y a los jóvenes hoy, en la fidelidad al carisma menesiano recibido y compartido con los Laicos menesianos.

 

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