Estimados Hermanos y Laicos Menesianos:
Las palabras que nos ha dirigido el Hermano Yannick Houssay sg., durante los diversos encuentros mantenidos con él en el transcurso de su visita, nos animan y nos iluminan para continuar nuestro discernimiento personal, comunitario y provincial.
Ha vuelto a resonar la llamada con la que el Señor ha provocado nuestros corazones en el último Capítulo General: trabajar confiadamente en proponer el seguimiento de Jesús a través de la presentación del carisma menesiano.
Sostenemos que la PASTORAL VOCACIONAL constituye una dimensión irrenunciable de la PROPUESTA EDUCATIVA CRISTIANA. Por tanto, nos animamos a aplicarle el sentido del cambio que se presenta hoy en la reflexión pedagógica y en la práctica educativa, a fin de enriquecer nuestras búsquedas. 1
Desde las escuelas se suelen interpretar los signos de cambio como parte de un camino inevitable hacia el naufragio: los alumnos cada vez saben menos; los padres cada vez se interesan menos por la educación de sus hijos; la autoridad en la escuela está en crisis; la infraestructura escolar se deteriora, etc.
No es difícil encontrar imágenes paralelas en la PASTORAL VOCACIONAL: los jóvenes de hoy no se comprometen con nada; las familias están deshechas; estamos atravesando una crisis de valores; el futuro de la vida religiosa es incierto, etc.
Los discursos que asimilan cambio con deterioro traslucen una mirada que oscila entre nostálgica y “apocalíptica”. Tanto en educación como en PASTORAL VOCACIONAL debiéramos abandonar el campo lexicográfico del desastre y recuperar el pasado en su dimensión histórica para poder detectar y analizar los procesos de cambio que han tenido lugar. Motivo por el cual recuperamos la reflexión sobre la práctica en este campo a través de algunos de potentes registros escritos que heredamos de nuestros antecesores.
Existe otra forma de comprender el cambio que parte de la pretensión normativa de que “lo posible depende de lo que sabemos sobre la realidad y del modo como ese saber es capaz de calcular determinadas regularidades sobre lo real, en términos de su mayor o menor probabilidad”.
Está resultando evidente que este modo de entender el cambio no condice con nuestras constataciones. No estamos siendo eficaces para convertir lo probable y lo deseable en resultados.
Tal vez, tanto en educación como en nuestra propuesta de PASTORAL VOCACIONAL debiéramos abandonar la posición de saber y de poder gestionar el cambio. Quizás se trate de pasar de cambiar radicalmente la operación pedagógica y de la pastoral vocacional, pasando de la estimación de lo que es posible, a la APERTURA A QUE LO IMPOSIBLE TENGA LUGAR.
Desde dentro en las escuelas TODO ESTÁ CAMBIANDO. Parece haber llegado el momento de aceptar el desconcierto y de dejar de nombrar como deterioro lo que no comprendemos o no podemos anticipar o controlar. Si esto es cierto en el medio educativo cuanto más en lo que respecta a la PASTORAL VOCACIONAL.
En uno y otro campo estamos necesitando pasar de una mirada normativa y mitificadora del pasado a una mirada con vocación histórica que busque en el pasado claves de interpretación de los cambios que tienen lugar en la cultura contemporánea y no imágenes ´apocalípticas´ de deterioro.
Tendríamos que crear ámbitos en los que se propiciara el preguntar sin conocer la respuesta, habilitarnos al encuentro con la multiplicidad que abandona los caminos trillados y que se abre a lo no pensado, a lo no anticipado.
Para ello les invito a dejarse sorprender una vez más por la potencia que se descubre en el texto del Hermano Cipriano Chevreau. El desafío consiste en volver la mirada hacia el pasado no con el fin de reinstalar lo viejo en lo nuevo, sino ayudarnos a pensar LO IMPOSIBLE que se está gestando en nuestra realidad.
Que la reflexión personal y comunitaria de este texto de nuestra familia religiosa, nos anime a Hermanos y Laicos, a continuar en el esfuerzo de discernir LO IMPOSIBLE que Dios está gestando hoy en nuestra Pastoral Vocacional, en el contexto de la Misión Compartida.
Nos unimos en la oración a los Hermanos que se encontrarán reflexionando sobre la Pastoral Vocacional del 5 al 12 del corriente en Castelgandolfo, y seguimos pidiendo por la fidelidad del Hermano Javier.
“...Las vocaciones sacerdotales y religiosas encontrarán en las clases de ustedes, un terreno bien preparado, y, gracias a sus cuidados, el germen divino de esas vocaciones se desarrollarán y acrecentarán. Para que esto suceda, es necesario que, en todas nuestras Escuelas, lo sobrenatural brote de todas partes, es necesario que ustedes sean verdaderamente hombres de Dios. Es allí donde se confunden, en una dulce unión, los dos fines de nuestro Instituto: ser primero santos para hacer santos alrededor de sí ; tender, al menos, a la perfección, para que aquellos que nos rodean sientan la necesidad de tender ellos mismos a la perfección. Cuanto más virtuosos seamos, más inspiraremos a otros el gusto por la virtud.” (365)
“¿Es necesario aclarar, mis muy queridos Hermanos, que me dirijo no solamente a los Hermanos Directores, sino a cada uno de ustedes? Tanto un Hermano Profesor como un Hermano Maestro de estudio, faltaría a su deber si no impregnara de fe cristiana su enseñanza o su vigilancia (cuidado de los alumnos en las horas de estudio). Se les ha confiado almas en los dos casos, y por tanto responsabilidad. “Toda tarea, digo citando a un autor estimado, por humilde que sea, contribuye a la marcha regular del conjunto. Todo empleado de la escuela, por más insignificante que parezca su acción, participa del bien que se hace. A aquél que no obra por la palabra, no le queda, por otra parte, la fuerza activa de la oración y de la penitencia? (J.Guibert, El educador apóstol, pág.41)
(...) En cuanto a ustedes, mis muy queridos Hermanos, que tocan de más cerca las almas, no dejen de agregar a sus oraciones y en sus penitencias una acción más directa y atrévanse a hablar a sus alumnos de la dignidad de la grandeza del sacerdocio y de la vida religiosa. Háganles comprender la belleza del sacrificio libremente consentido, las alegrías de la inmolación voluntaria, y la dulzura de la cruz. No les presenten ventajas materiales; no les conviden al placer ni al bienestar, sino hagan resplandecer ante sus ojos el ideal de belleza del Divino Crucificado. Portando con un sano orgullo, sobre su pecho, su imagen adorable, ustedes les mostrarán, por sus ejemplos, no menos que por sus palabras, que ustedes están felices al servicio de Dios. “Ser feliz y parecerlo: poderoso medio para obrar sobre las almas”. Sí, grande, muy grande medio de acción, pero que no duraría, si la dicha que irradia la fisonomía no tuviera su fuente en la piedad sincera, en las convicciones sólidas y bien enraizadas en el alma.
Hablo de convicciones... Incluso en los consagrados a Dios, las convicciones no están siempre suficientemente firmes y paralizan, por consecuencia, la acción. Se habla y se obra como si no se creyera, o como si se creyera otra cosa que lo que se dice... “La boca habla de la abundancia del corazón”, dice Nuestro Señor. Para hablar útil y eficazmente las cosas de Dios, es necesario tener un corazón todo lleno, desbordante, me atrevo a expresarme así, excesivamente lleno que le obligue a derramarse, como esas corrientes que, por sus desbordes fertilizan las orillas y las fecundan.
Para llegar a ello, mis queridos Hermanos, es necesario amar mucho a Jesucristo, para amarlo mucho es necesario conocerlo bien, y no se lo conoce sin estudiarle. Estudiar entonces la vida de ese adorable Salvador, traten luego de reproducir en ustedes algo de su incomparable belleza, háganlo amar por las prácticas de las virtudes de las que Él nos ha dado el perfecto ejemplo. Los alumnos tienen el ojo puesto sobre ustedes; que ustedes lo piensen o no, frecuentemente les imitan, y el conjunto de vuestra conducta puede tener, sobre su futuro, una influencia decisiva. Hagan que copiándolos a ustedes, reproduzcan algunos trazos del Maestro de quien ustedes ensayan gravar su imagen en el corazón de ellos. Que ellos puedan decir viéndolos a ustedes: “Si el Hermano que me prodiga sus cuidados es tan bueno, si es tan manso, tan paciente, tan indulgente, si toda su persona respira tal perfume de virtudes, eso procede de que él está íntimamente unido, por la práctica de su vida religiosa, a Jesucristo, su divino Guía.” Si ustedes llegan a inspirar a sus alumnos semejantes sentimientos, estén seguros, mis queridos Hermanos, que las vocaciones se desarrollarán tranquilamente en sus clases y que Dios elegirá, para sus batallones de élite, preciosos refuerzos. (370)
(371) Deseo decir, mis queridos Hermanos, lo que también respecta a un religioso digno de su santo estado; aquello que se quiere de un religioso verdaderamente digno de su vocación. Gracias a Dios, no solo el mal es contagioso, también el bien se propaga y se continúa con una feliz rapidez. Ustedes frecuentemente lo han experimentado como para que yo tenga necesidad de insistir aún más, y ustedes saben cuán verdadera es aquella palabra de nuestro Directorio: El fuego produce el fuego y los santos hacen santos.” Entonces, mis queridos Hermanos, seamos santos, y trabajaremos eficazmente por la cultura de las vocaciones.
¿Es necesario decirlo? Tanto cuando se trabaja en su propia perfección, como cuando se es un religioso educador, nos hacemos frecuentemente una idea falsa de la educación cristiana. Uno se imagina que se es un verdadero educador cristiano porque se hace diariamente la media hora de catequesis. Seguramente, eso es algo, pero, lejos que ello sea todo. El Religioso Educador (Menesiano) no debe mostrarse solamente en la catequesis, él debe ser Educador cristiano en toda su conducta, en toda su enseñanza. Si fuera así, ¿a qué se llegaría? Insensiblemente, y a sus espaldas, los alumnos terminarían por considerar a la catequesis como una asignatura cualquiera del currículo, y cuando tuvieran por delante algún examen (prueba), ellos protestarían contra el reglamento que les quita un tiempo que preferirían emplearlo en los estudios profanos. ¿Qué pasaría si incluso el maestro pareciera compartir tal sentimiento? ¿Qué pasaría si, por alguna palabra indiscreta, o por la práctica de su vida, él lo manifestara…
No me detengo en esta triste idea, y yo no quiero creer que un Hermano de la Instrucción Cristiana pueda sentirse culpable, ante Dios y ante la Iglesia, de una tal felonía. Supongo entonces que la catequesis es bien y regularmente presentada, y afirmo que, en esas condiciones, la educación cristiana sería incompleta si ella no se extendiera más allá de esa media hora reglamentaria consagrada al estudio de la religión. No es durante una media hora solamente, es en todo y en todas partes que la enseñanza debe estar impregnada del espíritu cristiano. Yo entiendo por ello, citando a un sacerdote con corazón de apóstol, dirección cristiana de la clase, “el conjunto de medios que utiliza el maestro para hacer conocer con más precisión las enseñanzas de la fe cristiana, para hacer amar y admirar las instituciones cristianas, la Iglesia, su acción social a través de la historia, su poder civilizador y su gran moral; para hacer adoptar diligentemente las prácticas religiosas, las ceremonias del culto, el frecuentar los sacramentos: para dar el título de cristiano y combatir el respeto humano. Gran tarea, moldear así el espíritu y el corazón de los niños, más difícil a realizar que la preparación a los concursos y a los grados académicos, pero más digna también de tentar el ánimo de un religioso que no se ha hecho educador más que para ello. Ella no se encuentra por debajo de las fuerzas humanas sostenidas por la gracia: ella triunfará en todas partes donde el maestro la persiga con celo hábil y constante.
“Es ese, por otra parte, el medio exterior más poderoso para favorecer en los corazones la eclosión de los gérmenes de vocación. ¿Si, por su negligencia, los niños no tienen más que un cristianismo superficial, si la fe no impregna las fibras más íntimas del corazón, cómo consagrarían su vida entera a su propagación? Pero si, por sus constantes cuidados, la fe toma posesión de sus almas, si el cristianismo domina todas las cosas humanas, si la milicia religiosa les parece la más nobles de las carreras y la más sublime de las empresas, podría dejar de sacrificar bienes groseros y pasajeros para abrazar los trabajos del apostolado? A los niños que quieren consagrar su vida a aquello que les parece lo más grande, presentar el apostolado cristiano como aquello que sobre pasa todas las grandezas humanas, y suscitarán vocaciones (J.Guibert, El cultivo de las vocaciones, páginas 72-73).”
He querido, mis queridos Hermanos, corriendo el riesgo de volver sobre el tema dominante y fundamental de esta circular, citar, subrayando algunos pasajes, esta página, una de las más apropiadas, me parece,... Mientras que no alcancemos el corazón de nuestros alumnos, mientras que el cristianismo no llegue hasta el fondo de sus almas y no sea más que una religión superficial, no habremos hecho nada, o casi nada, por la educación cristiana, y por tanto, por el apostolado, y por el cultivo de las vocaciones. (...)