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Los ojos abiertos a más vida

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Hablar de Juan María de la Mennais es hablar de un hombre de mirada dilatada. A lo ancho y a lo profundo. Capaz de ver más cosas, pero, sobre todo, de verlas mejor. De perforar la realidad para descubrir en ella su sentido más hondo. Donde los demás vemos jóvenes anónimos, acontecimientos opacos, carencias…, él descubría rostros vivos y corazones palpitantes en busca de una respuesta solidaria. Así anduvo por la vida: mirándola con los ojos permanentemente bien abiertos en cada esquina a la sorpresa de Dios, que llama y requiere, invita y gozosamente compromete. Y esa mirada estaba cargada de amor entrañable, de compasión enternecida. Le dolían los niños y los jóvenes abandonados a su suerte, a quienes amaba apasionadamente. Se apasionaba por ellos, porque los percibía más frágiles y vulnerables, más inermes y desvalidos, las manos vacías, repletas solamente de futuro. Y en esta marcha de amor hacia los jóvenes, encontró el camino, pero no logró encontrar el dique o la frontera. Soñó la educación como el camino apto, mejor, más duradero para dotar a los jóvenes de un porvenir más cierto. Pero no quiso, ni supo, ni pudo poner filtros a aquella mirada penetrante que Dios le regaló para ver necesidades. Donde nadie llegaba a educar cristianamente quiso que estuvieran sus hijos: en los pueblos más pequeños, en los países misioneros, en los campos de esclavos de los tiempos coloniales… Hasta el extremo. Que nada hay demasiado duro, ni difícil, ni arriesgado para quien camina con DIOS SOLO.

Hermano Josu F. Olabarrieta

Reseña de su vida y obra


Consejos espirituales de Juan María

En la Chesnaie da inicio Juan María a su diario, Memorial, que comienza el 1° de abril de 1809, y que continuará hasta 1818, donde encontramos los famosos "Avisos espirituales".
  1. Mantenerse en una continua dependencia del espíritu de Dios, y no contristarle nunca: “Nolite constristare Spiritum Sanctum Dei” (no contristen al Espíritu Santo). Estar atentos para reconocer lo que nos pide; consultarle a menudo; y cuando estamos inseguros sobre el partido que debemos tomar, pedirle con nuevo ardor que él sea la luz de nuestros corazón: “Dei nobis illuminatos oculos cordis” (que ilumine los ojos de nuestro corazón).
  2. Renunciar a nuestra voluntad, incluso cuando la seguimos: “A voluntate tua avertere” (huye de tu voluntad); es decir, no hacer nada por gusto; hacer todo por fe, por Dios. ¡Dios solo! ¡Dios solo!
  3. Recibir con alegría y agradecimiento lleno de amor las pequeñas contradicciones que uno experimenta en cada instante. Es un ejercicio habitual de mortificación del que se sacan grandes ventajas.
  4. Cuando el alma está seca y la tristeza nos envuelve, ir en espíritu al Jardín de los Olivos, ponerse de rodillas al lado de Jesucristo, tomar el cáliz que nos ofrece y decir: Padre mío, que no se cumpla mi voluntad sino la tuya: “Non sicut ego volo, sed sicut tu”. (no lo que yo quiero, sino lo que quieres Tú).
  5. Humillarnos de nuestras faltas, pero sin extrañarnos ni turbarnos. La turbación debilita el alma, pero esta pobre alma ¿no tiene necesidad de todas sus fuerzas para resistir a los enemigos que lleva en ella misma y que la atacan sin cesar desde el fondo más íntimo de ella? Ella vive de confianza y de amor, y la alegría es para ella un tesoro inagotable de santidad: “Jucunditas cordis vita hominis, et thesaurus sine defectione sanctitatis”. (la alegría del corazón es la vida del hombre y tesoro seguro de santidad).
  6. Tener mucho cuidado de no perder esta libertad de espíritu, esta amable y dulce libertad de los hijos de Dios, sin la cual uno no puede hacerse ningún bien. Para conservarla, es necesario unirse estrechamente a Dios, caminar en su presencia con un corazón en el que reina la paz: “Pax Dei, quae exsuperat omnem sensum, custodiat corda vestra in Christo Jesu Domino nostro”. (la paz de Dios que supera todo sentimiento guarde vuestro corazón en Cristo Jesús Señor nuestro).
  7. Ser fieles en las pequeñas cosas pero sin preocupación y sin escrúpulo; no temer ser molestado en nuestras ocupaciones, en nuestros estudios, incluso en nuestras oraciones; dejarlas y volverlas a tomar con un espíritu sereno y siempre contento; cuando se está en el orden de la Providencia, ¿qué más hace falta?.
  8. No precipitar nada en nuestras ocupaciones: no querer que vayan más rápidas que nuestro pensamiento; combatir los obstáculos con sangre fría; sin desanimarse ni irritarse. Si uno tiene éxito bendecir al Señor; si no lo tiene, también bendecirle: Dios lo quiere, esto dice todo.
  9. Evitar con gran cuidado en nuestras relaciones con los hombres toda singularidad, tener cuidado de no herirles con una actitud exterior demasiado severa, hablar dulcemente, acoger sus debilidades, iba a decir incluso respetar sus defectos, uno no sabría tomar demasiadas precauciones para no acabar de romper la caña cascada, para no apagar la mecha que aún humea.
  10. Pensar a menudo en Dios cuando conversamos con los hombres; rezar en el secreto, pero sin tensión, sin esfuerzos penosos, con una gran sencillez de amor.
  11. Escuchar a Dios en la meditación; abrir los oídos del corazón para recibir su santa Palabra; alimentarse con este maná de suavidad, no perder nada de él, gustarlo, saborearlo con delicia: “Audiam quid loquatur in me Dominus Deus” (que escuche lo que dice en mi el Señor Dios).
  12. Exponer nuestras necesidades y nuestras miserias a nuestro Padre que está en los cielos con humilde confianza. No hacer al rezar violentos esfuerzos para elevarnos a altas consideraciones. Cuando nos llama y atrae seguir la atracción de la gracia y con la sencillez de un niño pequeño dejarse conducir de la mano.
  13. Complacerse en la noche de la pura fe; no buscar prever y prevenir todo: “Cogitatus prescientiae avertit sensum”. Hacer lo que se puede y se debe, felicitarse de no encontrar ningún apoyo humano y a continuación dormirse dulcemente en el seno de nuestro salvador Jesús.
  14. No emprender nada por vanidad y no dejarlo nunca porque la vanidad nos quite el mérito del poco bien que quisiéramos hacer: Dios está siempre cerca de aquellos que trabajan por su gloria; combate con nosotros cuando nosotros combatimos por él, con tal que nuestra intención sea recta no temamos nada, “Dominus mecum quid timebo” (el Señor está conmigo ¿Qué temeré?).
  15. Admirar la grandeza de nuestra vocación, ocuparnos de ella todos los días; entrar en los sentimientos de los ángeles que se maravillan de ver a seres miserables como nosotros asociados al sacerdocio de Jesucristo y no ser más que un solo sacerdote con él.

Causa de Beatificación

Decimotercera carta a la familia Menesiana, Hno. Yannick

Causa de Juan María de la Mennais

Y ahora, ¿qué debemos hacer? Una decepción. Muchos se han sentido profundamente decepcionados al saber que el caso de la curación del joven Enzo, obtenida despues de ardientes plegarias al Padre de la Mennais, no ha obtenido la acogida que esperábamos por parte de la Comisión de los siete médicos que dieron su opinión el […]

Cartas a la familia menesiana, Causa de Beatificación, Juan María, Provincia - 21 de febrero de 2016 - Hno. Yannick, Superior General

“No se olviden de rezar por los niños que les son confiados y en especial por aquellos que por sus defectos les dan más inquietud y molestia” (RFIC )

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