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¡Feliz Navidad!

¡Que el nacimiento del Salvador suscite en nosotros la devoción más tierna, la pronta disposición a ponernos en camino para rendirle homenaje allí donde está, la alegría de lo sencillo, la apertura a lo nuevo que está naciendo, la acogida amorosa de la realidad del Cono Sur, la pasión por lo que no brilla y la entrega generosa a favor de los pequeños que nos ha confiado!

Sermón de JMLM sobre la Navidad

De todas las fiestas del año, ninguna debe inspirarnos una devoción más tierna que la fiesta de Navidad. Cada vez que la Iglesia la celebra, me parece asistir al nacimiento del Salvador del mundo y ser testigo de todos los prodigios que le acompañan. Me represento a los pastores que a la voz de los ángeles se apresuran a ir para rendirle sus homenajes, me uno a ellos, comparto su impaciencia por encontrar al divino Niño que nos trae la salvación y la paz, me postro en su presencia y mi alma se llena de sentimientos de admiración, de alegría, de reconocimiento y de amor.

¡Un salvador nos ha nacido! ¿Comprenden bien todo lo que hay de santo, de maravilloso, de sublime en estas pocas palabras? Es necesario que las meditemos hoy juntos a los pies de la cuna, para prepararnos a celebrar dignamente los grandes misterios que celebramos en estos santos días.

¡Un salvador nos ha nacido! El universo entero estaba sumergido en profundas tinieblas, he aquí el que será la luz. La razón humana estaba pervertida, entregada a los errores más grandes, he aquí el que va a descubrirla plenamente no sólo las verdades que ella encuentra en sí misma, sino que va a revelarnos los misterios del cielo. Desde hace cuatro mil años el género humano era esclavo, he aquí a su liberador, la antigua esclavitud, el dominio del pecado han sido destruidos. Somos en Él criaturas nuevas, todos nuestros derechos nos han sido devueltos, o mejor los derechos del hijo de Dios se hacen nuestros, su herencia es nuestra herencia, su justicia nuestra justicia, este Dios es nuestro Padre como es el suyo. Exulta tierra porque el Señor ha consolado a su pueblo y tiene piedad de los pobres.

¡Un salvador nos ha nacido! Digámoslo de nuevo y llenos de alegría repitamos el canto de los ángeles: Gloria a Dios en los cielos y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Sí, gloria a Dios porque va a aceptar esta santa víctima como el precio inmenso de la redención del género humano. Paz a los hombres porque son liberados de sus pecados y desde ahora formarán entre ellos una comunidad totalmente divina puesto que el Salvador que es Dios es su fundador, su señor y su padre.

Pero ¿en qué signos reconoceremos a aquél que viene a enriquecernos con tantas gracias? Los ángeles nos lo enseñan: nace en un establo y reposa en un pesebre envuelto en pobres pañales. ¡¿Cómo?! ¡El rey de la gloria aparece en el mundo en un estado tan bajo! ¡Su palabra todo poderosa ha creado el mundo y está entre dos animales en el fondo de un establo! El hijo de Dios sufre, llora, grita.

Ante este espectáculo nuestra razón se turba y queda confundida y algunos estarán tentados de decir como Marción: “quiten esos pañales que cubren a su Dios, quiten ese velo de ignominia, quiten ese pesebre que le deshonra”.

Corazones estrechos, entrañas desecadas que no comprenden que será indigno de Dios envolverse en falsos brillos que deslumbran, de esa vana grandeza que les engaña. Sí, el hombre habría aparecido en la tierra con magnificencia, hubiese querido atraer las miradas, encantar los sentidos presentándose a nosotros bajo aspectos brillantes, pero los pensamientos del hombre no son los pensamientos de Dios, y más Jesucristo se anonada mejor muestra que es el Salvador que debemos esperar.

Lejos de que mi fe se debilite o dude al verle en este estado de pequeñez, de silencio, de despojo, de abandono, ella se robustece por el contrario y se goza al contemplar estas maravillas.

Cuando contemplo estos pañales, este pesebre, esta paja sobre la cual Jesucristo ha recostado su pobreza, su debilidad, reconozco en estos signos al Mesías cuya venida habían anunciado los profetas, pobre él mismo para anunciar el evangelio a los pobres, consolar a los afligidos con sus sufrimientos, sostener a los humildes humillándose. Sí, para con sus ejemplos rescatarnos de las preocupaciones que nos consumen y desprendernos de los falsos bienes que nos seducen.

Admirar los designios de Dios y su sabiduría, desde su entrada en el mundo Jesús condena el mundo y sus falsas alegrías, su insaciable avidez, su indomable orgullo. Su pesebre es un trono desde el que juzga y maldice. Es necesario que se someta a este juicio implacable que pronuncia sobre él un Dios que nace en un establo. ¡Qué son esas vanas excusas que pretende aducir para justificar ante nuestros ojos la gloria, la ambición de grandezas y riquezas? No hay discusión, puesto que Jesús desprecia todo eso, el mundo ha sido vencido. Que no vengan a decirnos que la juventud sería triste y como lánguida renunciando a estos placeres.

Jesús niño es nuestro modelo, desgraciado el que busque alegrías distintas que las de Jesús, quien no adore y ame a este Dios tan pronto como su inteligencia esté desarrollada para conocerle y que rechace repetir esta interpelante palabra que Jesús dirigía a su Padre en el momento del nacimiento: ¡He aquí que vengo para hacer tu voluntad! Tales son los sentimientos que les animan y no es concebible tener otros.

Por desgracia, un gran número de personas tienen sentimientos muy diferentes. Estos misterios que enamoran un corazón puro, son rechazados con desdén por espíritus cuyas pasiones ciegan y corrompen. ¿Cuál es el secreto de su incredulidad? No quieren comprender, tienen miedo a la verdad. Que ésta sea la causa de su extravío y que hubieran conservado la fe si hubieran conservado la inocencia encuentro la prueba en el Evangelio que vamos a leer ahora en el altar.

¿A quién es anunciado el nacimiento del Salvador? Es a los pobres pastores, hombres sencillos y honrados que creen sin dificultad porque no tienen ningún interés en no creer. A penas el ángel les dice que Cristo, el Señor ha nacido en un establo, abandonan sus rebaños y en medio de la noche se ponen en camino, miren cómo corren, cómo se dan prisa por llegar, van a postrarse a los pies del niño Jesús. Con qué fe viva le adoran y reconocen en este niño al Padre eterno, el príncipe de la paz, su liberador, su Dios.

Pues bien, si en lugar de revelar este misterio a los pastores, se hubiesen trasladado los ángeles a Jerusalén y se lo hubiesen anunciado a los grandes, a los ricos, a los doctores de Israel. ¿Creen que hubiesen sido tan dóciles? Me parece oírles: cómo, interrumpir nuestro reposo, no esperar que llegue el día para ir a Belén, ¡qué imprudencia! No es razonable, mañana podemos enviar a alguien para saber lo que ha pasado. Todo eso puede que no sea más que una ilusión, un sueño. Ante la duda no nos apresuremos. ¿Ir a dónde? ¿A un establo? ¿Para qué? ¿Para adorar a un niño? ¿Dónde están las pruebas? ¿Dónde están las razones? ¿Es eso lo que han dicho los profetas?

Duerman su sueño, grandes del mundo, sabios presuntuosos, Jesús, mi Salvador no viene para ser objeto de una vana curiosidad y para alimentar su orgullo con interminables discusiones, su amor propio cegado y desenfrenado, su corazón roído por la avaricia y atormentado por la ambición no pueden comprender y menos aún gustar la benignidad del Salvador, la pobreza, la dulzura y la humildad de Jesucristo.

No llama cerca de él más que a los hombres verdaderamente humildes, no quiere ver en torno a él más que a las personas que desconfían de ellas mismas, sencillas, dóciles, siempre dispuestas a creer en su palabra, personas dichosas que no viven más que de obediencia y se alimentan de amor.

Sepan bien, que para ser verdaderos discípulos de Jesucristo es necesario renunciar a esa falsa sabiduría, vana en sus pensamientos, orgullosa en sus discursos que engañan a quienes la escuchan adulándolos, a esa sabiduría impía siempre dispuesta entrar en discusión con Dios, pidiéndole razones de su voluntad y de su misterio.

Es necesario, en una palabra, imitar a los pastores que reciben la palabra del Señor con una sumisión sin límites, que no saben hacer nada mejor que creer cuando Dios habla y obedecer cuando manda.

Sigamos a los pastores, llegan a Belén, entremos con ellos en el establo. Cómo me gusta representarme a estos pastores, las manos juntas, de rodillas delante del pesebre. Con qué sencillez expresan su alegría, su reconocimiento, su amor a este Salvador que les ha nacido. Se fijan en él con mirada atenta, le adoran, le bendicen, le piden, le bendicen de nuevo. Son felices con una alegría verdaderamente celeste.

Dios mío permítenos unir nuestra voz a la tuya para alabarte por todas las maravillas. Señor, qué elocuentes son tus pañales, tu pesebre, tus lágrimas. Todo nos habla.

Vengan al pesebre para aprender sus deberes de la boca del mismo Jesús. Vengan con confianza, él mismo ha dicho: dejen que los niños vengan a mí, que él amaba a los niños y que le gustaba que se acercasen a él. ¿No tienen nada que ofrecerle? Denle su corazón.

Y yo me ofreceré a Él con ustedes, le ofreceré estos niños que me ha confiado con tanto amor y a los que tengo un vivo deseo de enseñarles a conocerle y a servirle. Buen Jesús, le diré, Buen Pastor que velas con tanta solicitud sobre el rebaño que te has escogido, mira con piedad a estas tiernas ovejas que has puesto bajo mi cuidado y que vienen conmigo a implorar tu ayuda. Vuelve hacia ellos esos ojos tan dulces, conduce a estas ovejas sedientas a apagar su sed en tu amor. Señor estos niños son ya hombres de buena voluntad, dales la paz que los ángeles prometieron.

Sí, el pesebre es el resumen de todo el evangelio. Vengan, pues, para escuchar a Jesucristo. Sus palabras llegarán a su alma como un suave rocío, la renovarán, la vivificarán y llenos de fuerza y alegría, volverán como los pastores dando gloria a Dios y penetrados de un sincero deseo de tomar en todo como modelo al Salvador del mundo.

 

Noticias - 21 de diciembre de 2018 -


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